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Jorge Grippo

Sublimación

Sigmund Freud propuso la sublimación como un proceso en el que la libido se “canaliza” hacia actividades no sexuales (la creación artística, el trabajo intelectual, etc.).

Funcionaría, de esta manera, como una suerte de válvula de escape, socialmente aceptable, para un exceso de energía sexual que, si no, se descargaría en formas socialmente inaceptables, o bien en síntomas neuróticos.

¿Esta noción llevaría a que una sublimación completa implique el fin de toda neurosis y toda perversión?

Lacan va a retomar este problemático concepto en su seminario de 1959-1960. Coincide con Freud al considerar básico el reconocimiento social, ya que se puede decir que las pulsiones se subliman en la medida en que se las desvía hacia objetos socialmente valorados; por lo cual, también, estaría relacionada con la ética.

Pero Lacan se distancia de Freud en algunos aspectos. En tanto rechaza la posibilidad de un grado cero de satisfacción, no puede aceptar que la sexualidad perversa sea una forma de satisfacción “directa” de la pulsión, y que la sublimación sólo sea necesaria porque esa forma esté prohibida por la sociedad.

Si Freud pensaba que una sublimación “completa” es posible para algunas personas (“cultas”), Lacan afirma que “la sublimación completa no es posible para el individuo”.

En la propuesta freudiana, la sublimación implica una reorientación de la pulsión hacia un objeto no sexual Para Lacan, en cambio, lo que cambia no es el objeto sino su posición en la estructura del fantasma. La cualidad “sublime” de un objeto (como objeto de la sublimación) no se debe a alguna propiedad intrínseca, sino que es simplemente un efecto de su posición en la estructura simbólica del fantasma: la sublimación reubica un objeto en la posición de la Cosa.

Lacan también relaciona la sublimación con la creatividad y el arte, pero agrega una compleja asociación con la pulsión de muerte. Esta no es sólo una “pulsión de destrucción”, sino también “una voluntad de crear desde cero”. Y el objeto sublime, al ser elevado a “la dignidad de la Cosa”, ejerce un poder de fascinación que, en última instancia, conducirá a la muerte y la destrucción.

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