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Jorge Grippo

El nombre del Padre

Esta es una expresión que fue introducida por Jacques Lacan en 1953 (y desarrollada en 1956), en tanto significante de la función paterna. La cuestión de la paternidad obsesionó a Lacan tanto como a Sigmund Freud. En su comentario sobre el caso del Hombre de las Ratas, usó por primera vez el sintagma “nombre del padre” (sin guiones). Sostuvo que el Edipo freudiano podía pensarse como un pasaje de la naturaleza a la cultura. El padre ejercería una función esencialmente simbólica: nombra, da su nombre, y con este acto encarna la Ley. Entonces, si la sociedad humana es gobernada por la primacía del lenguaje, la función paterna consiste en el ejercicio de una nominación que le permite al niño adquirir identidad. Lacan va a definir esa función sucesivamente como “función del padre”, “función del padre simbólico” y “metáfora paterna”. En 1956, en su seminario sobre las psicosis y su comentario el caso Schreber, conceptualizó la función en sí, designándola “nombre-del-padre” (con guiones) y asociándola a la forclusión. Lacan consideró la psicosis de Schreber como una “forclusión del nombre-del-padre”. Luego, extendería este esquema a la estructura misma de la psicosis: el padre interviene como privador de la madre, dando origen al ideal del yo; en la psicosis, esto no se produce. Y, como el significante del nombre-del-padre es forcluido, retorna en lo real, en forma de delirio. En realidad, la figura paterna domina y atraviesa toda la obra de Freud, quien muy tempranamente ubicó las figuras parentales en relación con el destino. Si el nombre-del-padre es un concepto fundamental en psicoanálisis, se debe a que el paciente busca en la cura el tropo bajo el que está la figura de su destino, aquello del orden de la retórica que viene a comandar su devenir. ¿Esto querría decir que el psicoanálisis invita a un dominio de este destino…? No precisamente, ya que el Nombre-del-Padre consiste principalmente en la puesta en regla del sujeto con respecto a su deseo, al juego de los significantes que lo animan y constituyen su Ley.

Ver también: El nombre del Padre, segunda parte

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