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Jorge Grippo

Cura, primera parte

El diccionario de la Real Academia Española remite “cura a “curación”, como “Acción y efecto de curar o curarse”, que a su vez es “Aplicar con éxito a un paciente los remedios correspondientes a la remisión de una lesión o dolencia”. Aunque heredó esta palabra de la medicina, en la teoría psicoanalítica (sobre todo, en la lacaniana) ha llegado a adquirir un sentido específico, casi completamente distinto del uso médico. Muy en general, puede decirse que el término “cura” designa la práctica del psicoanálisis en tanto opuesta a su teoría. Más en particular, el objetivo de la cura psicoanalítica no es (según Lacan) “curar”, “sanar”, en el sentido de lograr una mente perfectamente “sana” (¿qué sería eso, por otra parte?). Estructuras “patológicas”, como las neurosis, las psicosis y las perversiones, se consideran esencialmente “incurables”; el tratamiento analítico solo se propone llevar al analizante a “articular su verdad”. La cura es un proceso con una dirección definida, un progreso de tipo estructural con inicio, medio y fin. El inicio es un contrato o “pacto” entre analista y analizante. Luego de la consulta inicial, se efectúan una serie de entrevistas preliminares (cara a cara), que permiten “constituir un síntoma” propiamente psicoanalítico, en lugar de los motivos de consulta (usualmente vagos o inconexos) que suele plantear el paciente. Estas entrevistas también dan tiempo para desarrollar la transferencia, hacen que el analista pueda determinar si se trata realmente de una demanda de análisis, y que produzca una hipótesis sobre la estructura clínica del analizante. Después de las entrevistas preliminares, el proceso sigue con el analizante en el diván (salvo en pacientes psicóticos) y el analista sentado detrás, fuera de su visión. A medida que el analizante va asociando libremente, elabora los significantes que lo han determinado en su historia y es impulsado por el proceso mismo del habla a articular algo de su deseo, en un proceso dinámico que implica un conflicto entre una fuerza que impulsa el tratamiento y otra, opuesta, que lo bloquea. En este marco, la tarea del analista (dicho muy brevemente) consiste en dirigir el proceso (no en dirigir al paciente) y en volver a ponerlo en movimiento si y cuando se atasca o interrumpe.

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