Por qué los niños no duermen

En un artículo publicado en 1968, “La negativa de los niños a dormirse”, el psicoanalista británico Donald W. Winnicott manifiesta su asombro por el hecho de que hasta ese momento se haya prestado tan poca atención a una perturbación infantil muy frecuente: el insomnio. Afirma que ya se estaba en condiciones de examinar más de cerca una serie de perturbaciones  del dormir que pueden aparecer como manifestaciones de algún trastorno emocional, incluso en niños sanos o “normales”.

La tan común “negativa a dormirse” se da cuando puede sostenerse con propiedad que el niño se queda despierto deliberadamente. Es un problema que se parece bastante al de la negativa a concurrir a la escuela, en el que también se presenta cierto grado de deliberación y voluntad. En ambos casos, desde ya, lo que importa (y lo que hace tan difícil tratar el problema) es la motivación inconsciente; está claro que existen elementos reprimidos en la configuración psicológica del niño y en la relación con sus padres.

Winnicott afirma tajantemente que la clave de las perturbaciones del dormir es la angustia. El niño padece sueños insoportables que lo hacen despertarse con alivio; tiene miedo de irse a dormir por la amenaza de esos sueños; o bien experimenta sensaciones físicas aterradoras durante el estado de somnolencia previo al dormirse.

Estas sensaciones pueden ser “recuerdos corporales” de experiencias del pasado, que se remonten a la lejana infancia y a fallas específicas del sostén que debería caracterizar una crianza “suficientemente buena”.

Hay problemas concretos que surgen en la transición de la vigilia al sueño, que comúnmente pueden resolverse por medio del uso de un objeto personal (“transicional”) o de una “técnica” muy conocida (chuparse el pulgar, o alguna variante); esto le permite al niño superar ese peligroso momento que puede llenarse fácilmente con fenómenos alucinatorios aterradores.

Todo esto depende mucho de las tareas efectuadas en el desarrollo emocional del individuo, dirigidas a la integración y al crecimiento, gracias a una provisión ambiental suficientemente buena.

La expresión “negarse a dormir”, según Winnicott, tal vez permita reparar en una forma especial de perturbación del sueño, como la que se da, por ejemplo, cuando un niño no quiere irse a la cama, no se va a dormir por su cuenta, o solamente se duerme si está rodeado por los ruidos del hogar o si su madre está acostada a su lado; a veces, se despierta enseguida cuando los padres se van a su propia cama. Se advierte que, en este tipo de perturbaciones, que la madre o ambos padres están involucrados; en ciertos casos, justamente esto es lo que da la clave para la comprensión (al menos parcial) de la etiología del trastorno.

Dicho de manera demasiado general: lo que causa el trastorno es un elemento inconsciente en la actitud parental. Hay (hubo) una falla en la crianza, un punto débil en eso tan complejo que se llama “ambiente facilitador suficientemente bueno”. Este debería combinar el uso de la fuerza con el manejo adaptativo, que se amolde a cada niño según la fase de su desarrollo, y también a cada día o noche en particular.

Los seres humanos (padres o cuidadores) que integran este ambiente facilitador tienen también “su propia vida privada, sus estados de ánimo, sus momentos de cansancio o de exasperación, sus debilidades”. Estas dificultades, a su vez, pueden relacionarse con materiales reprimidos de sus propias organizaciones defensivas.

Un ejemplo. Una pareja ya no quiere tener más hijos y no adopta ninguna medida anticonceptiva. En esta circunstancia, puede resultar muy “conveniente” que un hijo exija la atención de los padres y evite con ello que tengan relaciones. Se le ha asignado (inconscientemente) una función anticonceptiva… Claro que, entonces, el niño actuará como “controlador” del hogar, y esto le causará los trastornos de ansiedad que lo llevan al insomnio.

No hay una solución fácil desde el punto de vista de la medicina tradicional (medicamentos, consejos a los padres…). Winnicott propone recurrir a una asistencia social en el hogar; en definitiva, alguna forma de terapia familiar.



por Jorge Grippo

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