"La mujer no existe" —Lacan

Sigmund Freud, ciertamente, afirmó que existen algunas características psíquicas que pueden llamarse “masculinas” y otras que pueden llamarse “femeninas” (diferentes entre sí, claro está).

Sin embargo, siempre se negó a definir los términos “masculino” y “femenino” en sí mismos, dado que los consideraba conceptos fundacionales, casi postulados, que el psicoanálisis podía y debía emplear, pero no explicar en su totalidad.

Los términos no funcionan de modo simétrico. Sin duda, en cierto sentido, Freud elige la masculinidad como paradigma: hay solamente una libido, la masculina; el desarrollo psíquico de la niña es idéntico al del varón al principio, y luego se diferencia.

Como se sabe, la feminidad es para Freud una región misteriosa, inexplorada, un “continente negro”, que lo lleva a enunciar el célebre interrogante: “¿Qué quieren las mujeres?” La masculinidad, por el contrario, parece una evidencia.

El psicoanálisis indaga cómo llega a ser una mujer, cómo se desarrolla a partir de un niño (el “perverso polimorfo”) que posee una tendencia bisexual original.

Lacan comenzó a ocuparse del tema de la feminidad a comienzos de la década del cincuenta, y principalmente en términos influidos por el antropólogo Claude Lévi-Strauss, quien ve a las mujeres como objetos de intercambio que circulan (a manera de signos) entre las “estructuras elementales del parentesco”.

Justamente, lo que constituye la dificultad de la posición femenina es el hecho de que la mujer sea llevada a esa posición de “mero” objeto de intercambio, un objeto en el orden simbólico, al cual está completamente sometida (igual que el hombre).

Lacan sostiene que la histeria (palabra que viene de “útero”, o “matriz”) es la pregunta por la feminidad misma, que puede formularse como “¿Qué es una mujer?”. Esto vale también para los histéricos varones: el término “mujer” no designa una esencia biológica, sino una posición en el orden simbólico, una “posición femenina”.

Dado que no hay un equivalente femenino del “símbolo altamente prevalente” que es el falo, esta asimetría simbólica obliga a la mujer a seguir el mismo camino que el varón para atravesar el complejo de Edipo: identificarse con el padre (lo que resulta más complejo para ella, porque se le exige que base su identificación en la imagen de un integrante del otro sexo).

Lacan, en su ensayo “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina” (1958), analiza los callejones sin salida en que han caído las discusiones psicoanalíticas sobre ese tema. Afirma que la mujer es el Otro tanto para los hombres como para las mujeres.

Mucho más tarde, en su seminario de 1972-1973, propuso la existencia de un goce específicamente femenino, un goce que va “más allá del falo”; este goce es “del orden del infinito”, como un éxtasis místico. Las mujeres pueden experimentarlo, pero no saber algo sobre él.

También en este seminario, Lacan retoma su polémica fórmula “la mujer no existe”, pero parafraseándola como “no hay La mujer”. Así puede entenderse con toda claridad que lo que Lacan cuestiona no es el sustantivo “mujer”, sino el artículo definido “la”, que en francés, como en otros idiomas, indica universalidad.

Esta universalidad es precisamente la característica de la que carece la mujer; las mujeres “no se prestan a la generalización, ni siquiera a la generalización falo-céntrica”. Entonces, Lacan tacha ese artículo definido cuando precede a la palabra “mujer” (como tacha la A en el símbolo del Otro barrado, porque, igual que la mujer, el Otro no existe).

Lacan llega a hablar de la mujer como “no toda” (pas-toute). A diferencia de la masculinidad, una función universal que se funda en la excepción fálica (la castración), la mujer es un no universal que no admite excepción.

La mujer, entonces, puede ser comparada con la verdad, ya que comparte con esta la lógica del no-todo (no hay “todas las mujeres”, como es imposible decir “toda la verdad”).

En 1975, Lacan dice que “una mujer es un síntoma”. Y, más precisamente, una mujer es un síntoma del hombre, en el sentido de que sólo puede entrar en la economía simbólica de los hombres como un objeto fantasmático, causa del deseo de ellos.

Como era de esperarse, las teorías de Lacan sobre la mujer y la feminidad han sido muy controvertidas y debatidas en el feminismo: ¿proponen un cuestionamiento profundo del patriarcado y de las concepciones fijas de la identidad sexual, o bien reinstalan el patriarcado como algo transhistórico, y el privilegio del falo repite la supuesta misoginia de Freud?



por Jorge Grippo

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