Bienvenidos a este espacio de reflexión clínica. A menudo, tanto en la consulta como en la vida cotidiana, utilizamos la palabra “realidad” para referirnos a lo concreto, a lo tangible, a “lo que es”. Sin embargo, cuando nos adentramos en la enseñanza de Jacques Lacan, nos encontramos con una distinción fundamental que suele causar vértigo: la diferencia abismal entre la realidad y lo Real. Para entender esta disyunción, debemos invocar a un tercer invitado, el primer amor del yo: lo Imaginario.
Comencemos por lo más cercano a nuestra percepción: lo Imaginario. No debemos confundirlo con “fantasía” en el sentido trivial, sino pensarlo como el registro de las imágenes, de la fascinación y, sobre todo, de la identidad. Lacan introduce aquí el Estadio del Espejo. Imaginemos a un infante humano, prematuro biológicamente, sin coordinación motora, que se siente fragmentado. De pronto, se ve en el espejo (o en la mirada de la madre) y percibe una Gestalt, una forma completa y unificada.
Esa imagen le brinda un júbilo enorme, pero también una primera alienación: “Yo soy ese otro”. El Yo se forma, por tanto, en una línea de ficción. Un ejemplo actual y cotidiano de esto son los filtros de Instagram. Cuando nos vemos a través de la pantalla, suavizados y perfectos, sentimos una coherencia que nuestro cuerpo biológico, con sus imperfecciones y asimetrías, no tiene. Lo Imaginario es esa superficie especular que nos da consistencia, que nos hace creer que somos una unidad cerrada y autónoma.
Ahora bien, para que esa imagen no sea una trampa mortal de narcisismo puro, debe estar mediada. Aquí es donde construimos la realidad. Para el psicoanálisis, la realidad no es el mundo objetivo que está “ahí afuera”, sino una construcción psíquica sostenida por lo que llamamos el registro Simbólico (el lenguaje) anudado a lo Imaginario. La realidad es, en esencia, un montaje; es la película que nos contamos para darle sentido al mundo.
Sigmund Freud ya nos advertía sobre esto cuando hablaba del “principio de realidad”, que viene a poner freno al placer inmediato. Pero Lacan va más allá: la realidad es un fantasma. Pensemos en las leyes de tránsito. Un semáforo en rojo es un objeto físico (una luz), pero su “realidad” para nosotros es que significa “detenerse”. Si eliminamos el lenguaje y las normas sociales (lo Simbólico), esa luz es solo fotones sin sentido. La realidad es esa red de significados que nos permite vivir sin angustiarnos todo el tiempo, sabiendo qué esperar del mañana.
Entonces, si la realidad es lo que comprendemos y nombramos, ¿qué es lo Real? Aquí llegamos al concepto más árido y complejo. Lo Real, para Lacan, es aquello que no tiene imagen y que no puede ser simbolizado. Es lo que queda fuera del lenguaje. Como dijo Lacan en su Seminario XI:
“Lo real es el encuentro, el encuentro siempre fallido […] lo que cojea, lo que se atraviesa, lo que hace obstáculo”.
Lo Real es lo inasimilable, lo traumático. Un ejemplo claro ocurre ante una catástrofe natural repentina o un accidente inesperado. En ese preciso instante del choque, antes de que podamos decir “qué desgracia” o “tuve miedo” (que ya es volver a la realidad y al lenguaje), hay un instante de puro horror, de vacío, donde las palabras no alcanzan. Eso es lo Real: el hueso duro que rompe la trama de nuestra realidad confortable.
Pensemos en la pandemia reciente. El virus, en su biología pura e indiferente a nuestros deseos, representó la irrupción de lo Real. Nuestra “realidad” (trabajo, rutinas, planes de viaje) se desmoronó. Tuvimos que construir apresuradamente nuevos símbolos y nuevas imágenes (mascarillas, protocolos) para recubrir ese agujero de lo Real y volver a constituir una realidad habitable. Lo Real es el caos bruto antes de que lo ordenemos con palabras.
Es vital comprender que lo Real carece de sentido. La realidad, por el contrario, está llena de sentido. Cuando un paciente pregunta “¿Por qué a mí?”, está intentando arrastrar un evento de lo Real hacia el terreno de la realidad para poder digerirlo. Freud lo intuyó magistralmente al hablar del ombligo del sueño, ese punto oscuro donde la interpretación toca un límite y ya no se puede explicar más.
En resumen, vivimos sumergidos en la realidad (nuestra narrativa del mundo), sostenidos por lo Imaginario (nuestra autoimagen coherente), pero siempre bordeando el abismo de lo Real (lo que no podemos prever ni nombrar). La salud psíquica no consiste en enfrentar lo Real “a carne viva” —eso es la locura o el trauma—, sino en tener una red simbólica lo suficientemente flexible para bordear ese agujero sin caer en él.
Como analistas, no buscamos adaptar al paciente a la “realidad” social (eso sería reeducación), sino ayudarle a saber hacer con su propio fragmento de Real, ese goce opaco que a veces nos desborda. Como dijo Lacan en el Seminario XX:
“Lo Real es lo que no cesa de no escribirse”.
Es aquello que vuelve siempre al mismo lugar, insistente, hasta que logramos, quizás, ponerle alguna palabra que nos alivie.
Ver también Lo Real para Lacan, más allá de lo simbólico

Deja un comentario