A medida que los niños crecen, comienzan a hacer pequeños despegues de sus padres. Es crucial que los adultos comprendan que parte de nuestra tarea es facilitar este proceso, reconociendo el valor que tiene para ellos una autonomía creciente. Esto implica confiar en su capacidad para lograrlo, así como también en la nuestra para acompañarlos y enseñarles, despidiéndonos con cierta nostalgia de cada etapa que termina. Esta despedida, sin embargo, da lugar a otra nueva, igual de maravillosa.
Para poder acompañar el duelo de los niños y adolescentes, los adultos deben procesar el suyo. Crecer es un proceso maravilloso, pero también puede ser doloroso. Por ello, busquemos que crecer sea, tanto para ellos como para nosotros, una celebración y no una penitencia o una amenaza. No debería despertar miedo ni ser más doloroso de lo inevitable, lo cual pueden procesar a nuestro lado.
Las oportunidades para los sucesivos despegues son numerosas, pero a menudo no las favorecemos. En ocasiones, dejamos que se acumulen, y en algún momento la realidad nos obliga a hacer varios cambios a la vez, en lugar de implementar pequeños cambios graduales a medida que crecen.
Un ejemplo común es el siguiente: un niño que duerme con sus padres en la cama grande enfrenta complicaciones cuando nace un hermanito, ya que la situación se torna incómoda. Además, el niño puede estar adaptándose al jardín de infantes mientras se intenta que duerma en su propia cama. A esto se le suma la recomendación de la odontóloga de dejar el chupete, y la presión del jardín de infantes que no permite que los niños lleven chupete. A menudo, los padres se ven abrumados por la situación, especialmente si tienen dos niños pequeños.
La autonomía en los niños es evidente a partir de los seis meses, cuando comienzan a desplazarse y gatear, alejándose de su madre. A partir del año, ya caminan. La reacción de los adultos puede influir mucho en su desarrollo. Una respuesta que invita, celebra y confía es mucho más positiva que una que manifiesta miedo o preocupación.
Entre el año y los tres, los niños dejan el pecho, la mamadera, el chupete y los pañales. Aprenden a comer solos sin distracciones y a quedarse en la mesa más tiempo, a dormir en su cama. Con el tiempo, se acostumbran a vestirse y desvestirse, a lavarse los dientes y a higienizarse solos. Poco a poco, también aprenden a ordenar sus cosas y a ayudar en casa.
Los pequeños quieren hacerlo y se sienten orgullosos cuando logran completar estas tareas. Esto se traduce en una gran fuente de autoestima para ellos. Saben que es su tarea alimentar al perro, bajar persianas o encender luces al anochecer. Sin embargo, es natural que al principio cometan errores; se enjuagan mal el pelo, se visten incorrectamente y derraman agua al servirla. Con el tiempo, mejoran gracias a la práctica y a los errores.
Es fundamental que los padres acompañen a sus hijos en este proceso, sin rendirse ni enojarse. Deben entender que todos se benefician de la autonomía lograda por sus hijos. Si existiera un atajo fácil, no habría necesidad de un camino. Son esfuerzos del presente que facilitarán la vida de todos en el futuro.
Diferenciemos entre mimar y sobreproteger: mimamos cuando hacemos algo por ellos que pueden hacer solos, ya sea porque tenemos tiempo, ganas o porque los vemos cansados. En cambio, sobreprotegemos cuando actuamos por razones equivocadas, como la creencia de que lo hacemos mejor o más rápido, o por falta de confianza en su capacidad de aprender.
El mensaje de la sobreprotección es “tú no puedes” y resulta perjudicial para su autoestima. Aunque hay cosas que no pueden hacer solos, como cruzar la calle a los cuatro años o bañarse solos a los dos, nuestra tarea es ayudarles a ampliar su zona de lo que sí pueden hacer, de manera que crecer sea un disfrute y no una pesadilla. Estos pequeños pasos hacia la autonomía en los primeros años los preparan para desenvolverse con seguridad y confianza en sí mismos cuando están lejos de sus padres, ya sea en el jardín o en casa de primos o amigos. Este proceso es laborioso, pero sin duda vale la pena.
La especialista advierte sobre el impacto negativo de la sobreprotección en los hijos.
