Lo simbólico

La noción de símbolo tiene una larga historia en el pensamiento occidental.

Como antecedentes modernos importantes del concepto psicoanalítico, podemos citar a Ferdinand de Saussure, para quien el símbolo es un signo “menos arbitrario” que el resto, o “relativamente motivado” (por ejemplo, una balanza como símbolo de la justicia tiene mayor razón de ser que la palabra “justicia”, que es totalmente arbitraria).

Por su parte, para Charles Saunders Peirce, un símbolo es un signo perteneciente a su segunda tricotomía o clasificación de signos, cuya relación con el objeto representado es puramente convencional, en virtud de una ley o hábito. Lo simbólico, como el interpretante, será el epítome de la “terceridad” y, por lo tanto, en cierto sentido, una categoría esencial en la semiótica periciana.

El símbolo es también muy importante en la antropología. (De hecho, en 1950, Lacan elogió a Marcel Mauss por haber mostrado que las estructuras de la sociedad son simbólicas.) Y, al hablar de la “función simbólica”, Lacan deja claro que su propia concepción del orden simbólico debe mucho a la obra antropológica de Claude Lévi-Strauss. En particular, él toma de Lévi-Strauss la idea de que el mundo social está estructurado según leyes que regulan interacciones como las relaciones de parentesco y el cambio de mujeres o regalos.

El término “simbólico” ya aparece, pero como adjetivo, en los primeros escritos psicoanalíticos de Lacan. Allí, está relacionado con la lógica simbólica y las ecuaciones de física matemática. Luego, afirmó que los síntomas tienen un “sentido simbólico”.

Pero, en cierto sentido, el concepto lacaniano se opone completamente al “simbolismo” de Freud. Para este, el símbolo era una relación biunívoca, (relativamente) fija, entre el sentido y la forma; esto se ve, sobre todo, en el simbolismo de los sueños. Para Lacan, en cambio, lo simbólico se caracteriza precisamente por la ausencia de una relación fija entre significante y significado.

En 1953, cuando Lacan empieza a utilizar “simbólico” como sustantivo, unifica relativamente todas estas anteriores acepciones. Pero claro que, entonces, simbólico será uno de los tres órdenes de la experiencia psíquica, junto con el real y el imaginario. De estos tres órdenes, el simbólico (como en Peirce) es el más importante para el psicoanálisis; los psicoanalistas son fundamentalmente “profesionales de la función simbólica”.

Lo simbólico es esencialmente una dimensión lingüística, dado que la forma básica de intercambio es la comunicación (el “intercambio de palabras”).

Por otro lado, los conceptos de ley y estructura son impensables sin el lenguaje, que modela el pensamiento mediante un sistema de diferencias.

Pero Lacan no equipara totalmente el orden simbólico con el lenguaje; este también involucra las dimensiones de lo imaginario y lo real. La dimensión simbólica del lenguaje, sí, es la del significante; en ella, los elementos no tienen existencia “positiva”, sino que están constituidos “negativamente”, por sus recíprocas diferencias (cada uno es lo que el otro no es).

Lo simbólico es el ámbito de la alteridad radical que Lacan menciona como Otro. El inconsciente, que es precisamente el discurso de este Otro, pertenece totalmente al orden simbólico.

Lo simbólico es el “reino de la Ley” que regula el deseo, por ejemplo, en el complejo de Edipo. Y es el reino de la cultura como opuesta la naturaleza, regida a su vez por el orden imaginario.

Si lo imaginario se caracteriza por relaciones duales, lo propio de lo simbólico son las estructuras triádicas (como en la terceridad de Peirce), ya que la relación intersubjetiva siempre está mediada por un tercer término, el gran Otro.

El orden simbólico es también el reino de la muerte, la ausencia y la falta.

Es totalmente autónomo respecto de la biología o la genética, y contingente con respecto a lo real. Lacan critica al psicoanálisis de su época por haber olvidado o negado la importancia del orden simbólico, y reducir casi todo a lo imaginario. Esto sería una traición a ideas básicas de Freud.

Dice Lacan que solamente si trabaja en el orden simbólico el analista puede producir cambios significativos en la posición subjetiva del paciente; seguramente, estos cambios generarán también efectos imaginarios, pero porque lo imaginario está estructurado por lo simbólico: el orden simbólico es el determinante de la subjetividad, y el reino imaginario de las imágenes y las apariencias (siempre engañosas) es solo un efecto de lo simbólico.

Por lo tanto, el psicoanálisis debe “atravesar” lo imaginario y alcanzar el orden simbólico mismo.



por Jorge Grippo

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