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Jorge Grippo

Falta

En la obra de Jacques Lacan, la palabra (y el concepto de) “falta” siempre están relacionados con el deseo. 

Dicho muy sencillamente, la falta causa el surgimiento del deseo. Sin embargo, la índole de lo que falta fue variando significativamente en el desarrollo de la teoría lacaniana. El término aparece por primera vez en 1955; entonces, la falta designa principalmente una falla del ser (algo no del todo lejano a la doctrina existencialista sartreana, de la que luego Lacan tanto se distanciaría). Lo que se desea es el ser mismo: “El deseo es una relación del ser con la falta. La falta es la falta de ser, propiamente hablando. No es la falta de esto o aquello, sino la falta de ser por lo cual el ser existe”. Luego, Lacan va a afirmar que el deseo es la metonimia de la falta de ser. Hay un anhelo de ser, por lo cual la falta de ser del sujeto sería “el núcleo de la experiencia analítica” y “el campo mismo en el cual se despliega la pasión del neurótico”. Aquí se verifica un contraste entre la falta de ser (relacionada, como se ha dicho, con el deseo) y la falta de tener, que por su parte se relaciona con la demanda. En 1956, la falta pasa a designar la falta de objeto. Entonces, Lacan va a diferenciar tres tipos de falta, según sus respectivos objeto y agente: castración simbólica/falo imaginario/padre real; frustración imaginaria/pecho real/madre simbólica; privación real/falo simbólico/padre imaginario. De estas tres, la castración es la falta más importante desde el punto de vista de la experiencia analítica; de hecho, la palabra “falta” tiende a convertirse prácticamente en sinónimo de castración. En 1957, cuando Lacan introduce el símbolo algebraico del Otro barrado, la falta empieza a designar la falta de un significante en el Otro. Por más significantes que se agreguen a la cadena de significantes, esta siempre será incompleta; siempre le faltará el significante que podría completarla. Este “significante que falta” es constitutivo del sujeto.

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