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Jorge Grippo

Complejo de castración 1

Para Sigmund Freud, el complejo de castración es el conjunto de las consecuencias subjetivas, principalmente inconscientes, determinadas por la amenaza de castración en el hombre y por la ausencia de pene en la mujer. El término “castración” deriva del latín “castratio”; se supone que apareció a fines del siglo XIV para designar la operación de privar a un hombre o un animal de sus glándulas genitales. Es sinónimo de “emasculación”, palabra más reciente y precisa para designar la ablación real de los testículos. Freud llama “complejo de castración” al sentimiento (inconsciente) de amenaza que experimentan los niños cuando constatan la diferencia anatómica de los sexos (que el varón tiene pene, y la niña no). Dado que el pene es para el varón el órgano sexual autoerótico primordial, no puede concebir que una persona semejante a él carezca de pene. Sólo hay complejo de castración en razón de este valor del pene y de esta “teoría” (infantil) de su posesión universal. El complejo se establece cuando amenazan (generalmente, los padres) al niño (generalmente, a causa de que se masturba o puede hacerlo) con cortarle el sexo. Esto produce espanto (“angustia de castración”) y también rebelión, proporcionales al valor acordado al miembro; por su intensidad, estos sentimientos son reprimidos. Freud observa que el varón no siempre toma en serio la amenaza (o la mera alusión), cuando se produce, y que esta sola no podría obligarlo a asumir la posibilidad de la castración. Pero, ante la visión de los genitales femeninos, aparece el complejo. Un solo factor es insuficiente pero, dados los dos (en cualquier orden), el segundo evoca el primero (efecto de après-coup) y desencadena el surgimiento del complejo de castración. Una vez que ha admitido esa terrible posibilidad, el niño se encuentra obligado, para “salvar” su órgano, a renunciar a su sexualidad (la masturbación es la vía de descarga genital de los deseos edípicos). Esta suspensión es momentánea (“fase de latencia”). El complejo de castración pondría fin, entonces, al complejo de Edipo, y ejercería así una función normalizadora.

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