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Jorge Grippo

Angustia, primera parte

La angustia es un afecto de displacer, generalmente muy intenso, que se manifiesta, en lugar de un sentimiento inconsciente, en un sujeto que está a la espera de algo que no puede nombrar. Suele traducirse en sensaciones físicas que van de un simple malestar digestivo a la parálisis total. Con frecuencia, la acompaña un intenso dolor psíquico. La angustia fue mencionada por Freud, en sus primeros escritos teóricos, como la causa de los trastornos neuróticos; y atribuyó la angustia de los neuróticos, en gran medida, a la sexualidad. La angustia surge de una trasformación de tensión acumulada, y esta tensión puede ser física o psíquica. Para Freud, es una conversión de la angustia lo que produce la histeria y la neurosis de angustia. Pero, en la histeria, una excitación psíquica toma otro camino y conduce a reacciones somáticas, mientras que en la neurosis de angustia actuaría una tensión física que no puede descargarse psíquicamente. Más tarde, Freud le da a la angustia dos fuentes: una involuntaria, automática, inconsciente, cuando se instaura una situación de peligro análoga a la del nacimiento y que pone en riesgo la vida del sujeto; otra voluntaria, consciente, que sería producida por el yo cuando lo amenaza una situación de peligro real; aquí la angustia tendría como función intentar evitar ese peligro. Habría en la angustia, entonces, dos niveles. En el primero, es un afecto que está entre la sensación y el sentimiento, una reacción a una pérdida, a una separación; es la angustia “originaria”, producida por el desamparo psíquico del lactante que es separado de la madre. En el segundo, la angustia es un afecto señal, como reacción ante el peligro de la castración, en un momento en que el yo del sujeto intenta sustraerse de la hostilidad de su superyó. Así, para Freud, el surgimiento de la angustia en un sujeto es siempre relacionable con la pérdida de un objeto fuertemente investido; la madre o el falo.

Ver también: Angustia, segunda parte

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